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EL DEFICIT DEMOCRATICO DE LA OMC Y LAS RESPONSABILIDADES DEL SUR
Eduardo Gudynas
En pocos días comienza una nueva reunión de ministros de
comercio de la Organización Mundial de Comercio (OMC), y frente a ella una y
otra vez me viene a la memoria la advertencia que Unamuno lanzaba a los
franquistas: “Venceréis porque tenéis la fuerza bruta ... pero no convenceréis
...”. Ese es el caso a pocos días de comenzar ese encuentro en el balneario
de Cancún (México): la OMC es una estructura que cuenta con la fuerza bruta
del comercio mundial, cuyas reglas se han convertido en el nuevo manto que
condiciona la marcha de todos nuestros países.
Las responsabilidades de este estado de cosas radican tanto
en el propio seno de la OMC como en los gobiernos que la constituyen. Este hecho
es de la mayor importancia, y debe tenerse muy presente al iniciarse el
encuentro de Cancún.
En estos momentos, uno de los aspectos centrales del debate
sobre la reunión de la OMC apunta a denunciar los mecanismos jerárquicos y
excluyentes en el proceso de toma de decisiones de esa organización. En la práctica
la OMC funciona como una institución antidemocrática donde la enorme mayoría
de los países en desarrollo son marginados en el proceso de elaborar
propuestas, arrinconándolos a la hora de las votaciones finales para aceptar
los acuerdos tomados por las naciones industrializadas con un grupo de gobiernos
del Sur.
Ante estas críticas la OMC se defiende sosteniendo que en
realidad es una de las instituciones más democráticas a nivel global: cada país
es un voto. Ese hecho la diferencia de otros organismos, como el Banco Mundial o
el Fondo Monetario Internacional, donde el poder de votación es proporcional a
los fondos en juego. La OMC además insiste en que las decisiones necesariamente
se deben tomar por consenso, y basta que un único país eleve un voto negativo
para que se detenga todo un acuerdo.
Muchas ONGs y organizaciones sociales insisten en la primera
crítica –el déficit democrático- y ese argumento aparece una y otra vez en
decenas de informes que se están distribuyendo en estos días frente a la reunión
de los ministros de comercio en Cancún. Existe muchas evidencias que dejan en
claro que esa denuncia es cierta. Uno de los casos más conocidos es el uso de
la llamada “Sala Verde”. En esas salas se dan cita los representantes de
Estados Unidos, la Unión Europea y los demás países industrializados, y según
los temas invitan a algunos países del sur que consideran claves para lograr el
apoyo a sus ideas, excluyendo a todos los demás. Las reportes indican que esos
encuentro se hacen a puertas cerradas, y cuando otros representantes
gubernamentales intentan ingresar a la “Sala Verde” son detenidos por
guardias de seguridad. El mecanismo, que no está contemplado en los reglamentos
de la OMC es criticado una y otra vez, se ha repetido en anteriores reuniones
ministeriales, como en Seattle o en Doha.
Otras maniobras son más tristes: reuniones en diferentes
temas de negociación que se citan a un mismo horario, lo que lleva a que los países
más pobres que poseen delegaciones muy reducidas no puedan concurrir a todas
ellas, el tardío envió de documentos claves impidiendo un análisis real o
consulta con las cpaiptales, “olvidos” en invitar a los representantes
gubernamentales a encuentros de negociación, reabrir negociaciones cuando las
sesiones ya se habían cerrado y muchos ministros ya volaban de regreso a sus países,
etc.
Y por supuesto las presiones directas: las naciones ricas
ejercen fuertes influencias para evitar que un país (un voto) pueda detener
todo un acuerdo comercial global. Justamente en estos días, veinte países del
Sur se unieron un agrupamiento informal (llamado el G-20) para reclamar la
liberalización del comercio agrícola. El esfuerzo, que es liderado por
naciones como Brasil, India y China, ya
está recibiendo las presiones desde las naciones industrializadas. Desde hace
pocos días los representantes comerciales de Bruselas y Washington vienen
emitiendo el mismo mensaje: si esos países piden demasiado, volverán de Cancún
sin nada.
Si bien la OMC ha intentado presentarse como un espacio
igualitario en la toma de decisiones, pero el propio sujeto de sus debates, el
comercio, es profundamente asimétrico. Las relaciones comerciales globales
sustantivas se dan entre las naciones industrializadas, y los países del sur
comparten en su mayoría porcentajes muy pequeños del comercio global. Pero
para esas naciones, sus exportaciones son una de sus fuentes principales de
vida. El caso Latinoamericano es ilustrativo: la región representa menos del 3%
del comercio global, pero en promedio las exportaciones trepan al 20% del PBI
nacional, indicando una altísima incidencia dentro de las economías domésticas.
Los vaivenes en las exportaciones de productos como el estaño, el café o los
quesos, pueden significar cambios drásticos en las economías de varias
naciones, arrastrando con sus efectos sobre el empleo a muchas personas.
En el seno de la OMC terminan reproduciéndose relaciones de
poder que son asimétricas, y que invocando un trato igualitario, legitiman un
orden que es desigual. La maraña de reglas y normas tanto dentro de la OMC como
en los acuerdos comerciales están sirviendo al mismo propósito. Incluso las
reglas comerciales son asimétricas; mientras los países industrializados
reclaman liberal el comercio global y abrir los mercados, e instalan mecanismos
de demandas y sanciones en el seno de la OMC, a la vez imponen una “cláusula
de paz” que impide que las naciones del sur eleven esos reclamos en el
comercio agrícola. Es evidente que esta situación se debe tanto a las
posiciones de las naciones industrializadas como a la propia estructura interna
de la OMC; una y otra se potencian mutuamente generando y tolerando mecanismos
como la “Sala Verde”. Pero también debemos admitir que aquí existen
responsabilidades en nuestros propios gobiernos del sur.
Diversos factores explican las debilidades de los países del
sur en los acuerdos multilaterales de comercio. Esas cuestiones deben tenerse
muy presentes ya que la reforma de las reglas globales de comercio no sólo
involucran profundos cambios en el seno de la OMC, sino también otros cambios
en las posiciones y actitudes de los gobiernos de los países en desarrollo. Por
cierto que la OMC dispone de la “fuerza bruta”, pero esa cualidad tampoco es
ajena a muchos gobiernos.
Uno de los primeros problemas que se observan son las
dificultades en lograr alianzas estables y coordinadas. En el caso del
recientemente creado G-20 mencionado arriba, el propio canciller de Brasil,
Celso Amorín, acaba de reconocer que esa coordinación es circunstancial. O
como he sentido más de una vez a los negociadores chilenos, en el terreno
comercial sólo existen “relaciones promiscuas”. Justamente esa falta de
coordinación organizada ha debilitado a los países del Sur; la contracara es
la fortaleza negociadora de la UE, la que a su vez es expresión de una
estrategia coordinada entre varias naciones. Uno de los casos más tristes en
este sentido es la falta de un plan de acción acordado y sostenido en el tiempo
del MERCOSUR y la Comunidad Andina en el seno de la OMC. Por lo tanto, es
necesario incidir en la posición de los gobiernos para que asuman con mayor
responsabilidad la articulación y coordinación de reclamos comerciales
conjuntos a nivel global.
Los países del sur cuestionan una y otra vez las reglas de
comercio. En estos días lo han hecho varios ministros Latinoamericanos, y
fuertes denuncias se han oído desde México, Buenos Aires y Brasilia. Pero más
allá de esas declaraciones, no atacan con energía esos problemas en el seno de
la OMC. Muchos otros gobiernos son temerosos; apenas susurran cuestionamientos,
y observan en silencio como se desenvuelve la disputa para buscar ventajas de último
momento. Por lo tanto, también es necesario un cambio de actitud: nuestros
gobiernos deben jugar papeles protagónicos en los debates comerciales, deben
hacer públicas sus demandas, deben repetirlas una y otra vez. En lugar de
sentir miedo de las ONGs deberían aliarse con ellas en el reclamo de las reglas
de comercio global.
En tercer lugar, el debate comercial deja al desnudo la
debilidad o ausencia de políticas nacionales en desarrollo y sus estrategias
comerciales correspondientes. Muchos de los problemas ante la OMC se debe a que
varios gobiernos no tienen claras sus demandas; apenas logran reclamos generales
como el desmontar los subsidios a las exportaciones. Por lo tanto, la sociedad
civil debe exigir una vez más la elaboración de claras estrategias de
desarrollo, y es justamente desde esas plataformas que se derivan las
prioridades comerciales. No pueden considerarse los temas de comercio
internacional desarticulados de una estrategia de desarrollo nacional; unos
dependen de otros.
E. Gudynas es investigador
en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad – América Latina).
Uruguay,
setiembre 2003
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