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LA DESIGNACION DE LOS NUEVOS DIRECTORES DE LA OMC Y UNCTAD ALEJAN LAS ESPERANZAS DE CAMBIO Y DEBILITAN AL SUR
Eduardo Gudynas
En unos pocos días las esperanzas de cambiar las instituciones globales en
comercio y desarrollo han recibido dos duros golpes. El francés Pascal Lamy,
ex-comisario de comercio de la Unión Europea, triunfó en el oscuro proceso de
elección del director-general de la Organización Mundial de Comercio (OMC),
generando muchas incertidumbres sobre el futuro de las negociaciones
comerciales, y dejando en suspenso las demandas de muchos países del sur.
Paralelamente, el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, nominó
al actual director de la OMC, Supachai Panitchpakdi como el reemplazo del mítico
Rubens Ricúpero en la dirección de la UNCTAD (Conferencias de las Naciones
Unidas sobre Comercio y Desarrollo), una medida que se parece mucho a un
desembarco de la OMC en la UNCTAD.
La OMC invade la UNCTAD
La primera noticia fue que Supachai Panitchpakdi, diplomático oriundo de
Tailandia, y director general de la OMC desde 2002, pasará a dirigir la UNCTAD
en setiembre de 2005. Si bien tanto la OMC como la UNCTAD tratan el tema
comercial, las dos tienen enfoques e historias muy distintas. La primera es más
reciente, más rígida y específicamente centrada en el comercio; la segunda
tiene una historia mucho más larga que viene del tiempo del multilateralismo
vigoroso del sistema de las Naciones Unidas.
El nombramiento de Panitchpakdi pone en riesgo todos los intentos que bajo el
aliento del brasileño R. Ricupero se realizaban para abordar los temas del
desarrollo y el comercio, analizar el papel de los flujos de inversión y hasta
la influencia de las transnacionales. Con esa designación se estaría llevando
la “lógica de la OMC” al seno de la UNCTAD. Se podrá estar de acuerdo o no
con los contenidos propositivos de la UNCTAD, pero debe admitirse que allí
existía una mayor variedad de opiniones, se pensaban temas sustantivos del
desarrollo y no se repetía el arrullo del libre comercio como solución de
todos los males. Tan es así que Estados Unidos y la UE una y otra vez
torpedearon resoluciones e iniciativas en el marco de la OMC.
Los países en desarrollo no están conformes con la designación; el Grupo
de los 77 (integrado por 133 naciones), objetó en el marco de la Asamblea
General la propuesta de Annan, indicando que los objetivos de la UNCTAD son prácticamente
opuestos a los de la OMC. El proceso de designación enfrentaba muchas trabas, y
finalmente Annan insistió en la designación de Panitchpakdi hasta conseguir el
voto de conformidad de la asamblea general de la ONU.
Para complicar todo un poco más, Panitchpakdi no es una persona enérgica e
innovadora. En efecto, a lo largo de toda la crisis de la OMC desde el colapso
en Cancún no logró imprimir energía a la organización, no consiguió acercar
a los grupos en disputa, y quedó atrapado en un anodino papel de moderador de
reuniones que nunca molestó a los países industrializados. Esa es justamente
una buena manera de apagar a la UNCTAD.
La tortuosa elección en la OMC
Hasta hace poco tiempo atrás, Pascal Lamy era un duro crítico de la OMC. En
la tarde del colapso de la cumbre ministerial de Cancún, Lamy severamente
sostuvo que la OMC era un organización medieval, y en más de una ocasión ha
criticado su sistema de gobierno basado en el consenso. Esas y otras posiciones
fueron rápidamente mutando en otras propias de una típica campaña electoral,
prometiéndose casi todo a casi todos, sonriendo en fotografías con unos y
otros, olvidándose de cualquier pasado perturbador. Ese mismo Lamy que poco
tiempo atrás defendía una y otra vez las más diversas formas de
proteccionismo, pasó a invocar la apertura comercial más decidida; su crítica
de la toma de decisiones se desvaneció; y hasta terminó hablando de
participación ciudadana.
Lamy triunfó en un proceso de elección que es tortuoso y oscuro, ya que
implica considerar tanto los votos a favor como los rechazos; el ganador debe
ser quien genere un mínimo de resistencias y un máximo de apoyos. Pero nadie
sabe cuántos votos recibió Lamy, ni cuántos rechazos desencadenó; algunos países
hicieron públicas sus preferencias pero otros las mantienen todavía en
secreto. En suma, Lamy triunfó en una elección donde las preferencias son
confidenciales. Además lo hizo bajo el manto de sombra de rumores una y otra
vez repetidos de un intercambio de favores entre Estados Unidos y la UE, donde
el primero designó al nuevo presidente del Banco Mundial, y los europeos se
quedarían con la OMC.
El mecanismo de elección de la OMC es indefendible desde el punto de vista
de los mínimos democráticos. Confirma que no es una organización
transparente, pero también hace indispensable señalar sin titubear la
responsabilidad de los gobiernos del sur en aceptar y participar de esos
procesos. Muchos delegados gubernamentales lanzaron duras retóricas sobre la
falta de transparencia, pero nunca promovieron medidas concretas para mejorar
las cosas.
Lamy ha defendido muchas de las distorsiones comerciales que los países en
desarrollo han cuestionado en las últimas décadas: desde los subsidios hasta
el proteccionismo encubierto; invocó el libre comercio pero aplicó
salvaguardas y cuotas; buscó expandir las reglas comerciales a nuevos temas
como los servicios o las reglas de propiedad intelectual. Lamy apoyó la presión
europea incorporar temas nacionales bajo regulaciones comerciales (por ejemplo
en los servicios).
Entre los otros candidatos, hasta el tramo final llegó el uruguayo Carlos Pérez
del Castillo, que por cierto tampoco representaba posiciones novedosas sobre el
comercio. Al contrario de Lamy, Pérez del Castillo estaba más inclinado hacia
la liberalización comercial ortodoxa (tal como reclaman muchos países del
Sur), pero tenía en contra muchas desconfianzas por haber coordinado las
sesiones y documentos de trabajo preparatorios para la cumbre ministerial de
Cancún de forma que se consideró funcional a las posiciones de Estados Unidos
y la UE. Su ventaja residía en provenir de un país en desarrollo, contando con
el apoyo de casi toda América Latina y otras naciones (como varios países árabes,
Australia o Nueva Zelandia). Otro candidato fue el ministro de comercio de
Mauricio, Jaya Cuttaree, quien al menos nunca dejó de criticar el oscurantismo
de todo el proceso de elección.
En el terreno de la representación regional, la elección de Lamy significa
un duro golpe a los intentos de coordinación de los países en desarrollo, y en
sus reclamos de condiciones de comercio más justas. Las demandas del grupo de
países de Africa, Caribe y Pacífico (ACP) contra el proteccionismo comercial,
quedaron en el camino ya que varios de estos países apoyaron la designación de
Lamy. Los países ACP vienen siendo maltratados una y otra vez en el comercio
global; por ejemplo, en el recurrente tema del comercio en algodón, Lamy estuvo
al frente de la mezquina posición europea ante la OMC que establecía como
solución “crear una comisión de estudio”, y que terminó enfureciendo a
muchos gobiernos africanos. Todo eso parece haberse olvidado, y sea por las
presiones del gobierno francés como por las promesas de Lamy, terminaron
apoyando a quien defendía posturas que siempre denunciaron. En cambio, países
como Costa Rica (importante exportador de bananas hacia la UE), mantuvieron sus
objeciones hasta último momento.
La situación del “Grupo de los 20”, que incluye a los grandes
productores agrícolas del sur, es todavía peor. El G-20 defendió con dureza
la apertura del comercio agrícola desde su creación, pero su unión política
quedó resquebrajada, y por ejemplo India terminó apoyando a Lamy (el tiempo
dirá si es cierto el desmentido del gobierno de Nueva Delhi sobre la promesa de
obtener una subdirección de la OMC).
El gobierno de Brasil es también otro de los responsables de esta debacle,
porque cometió casi todos los errores posibles. La cancillería de Brasil
presentó su propio candidato a último momento (Felipe Seixas Correa),
quebrando la unidad del Mercosur y de América Latina. Pero además lo hizo bajo
un fuerte histrionismo, con muchas críticas a otros candidatos, generando
resquemores en la región. El candidato de Brasil debió abandonar la postulación
en la primera ronda de evaluación, lo que generó nuevas críticas a la falta
de transparencia del proceso, y hasta último momento Itamaraty no se expresó a
favor de otros candidatos, dejando en evidencia la desunión regional.
Toda este proceso deja en claro que si bien los agrupamientos de países en
desarrollo más de una vez reclamaron un nuevo protagonismo, en especial
accediendo a la dirección de la OMC, no logran concretar esas aspiraciones. A
pesar de contar con la mayoría en el seno de la OMC, no se ponen de acuerdo
entre ellos, no están dispuestos a asumir los costos de su autonomía, y una
vez más Washington y Bruselas controlarán los resortes del comercio global.
Como premio adicional también contarán con la UNCTAD.
Se perdieron las esperanzas abiertas tras la crisis de la OMC en Cancún,
donde varios países del sur lograron imponer sus puntos de vista y dejar en
claro la defensa de algunos de sus intereses comerciales. Las designaciones de
Lamy y Panitchpakdi dejan aquellas esperanzas por el camino; la renuncia de
muchos gobiernos a ser sujetos de su propia autonomía y los errores de otros,
permitieron esos nombramientos y ensombrecen todavía más una situación que ya
es muy complicada.
E. Gudynas es analista de información en CLAES D3E (Desarrollo, Economía, Ecología, Equidad – América Latina). Se permite la reproducción del presente artículo siempre que se cite la fuente. Publicado el 16 de mayo 2005.
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