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DIEZ
AÑOS DEL MERCOSUR
AMBIENTE
Y SOCIEDAD EN LA MIRADA CIUDADANA
Eduardo Gudynas
La marcha actual del Mercosur muestra avances y limitaciones, sin haberse convertido en una herramienta hacia un nuevo desarrollo sustentable. Pero su potencialidad política hace que valga la pena el esfuerzo de fortalecerlo y reconstruirlo. Resumen de la ponencia presentada en la Mesa Redonda sobre los 10 años del Mercosur, y publicada en el periódico La República (2001).
Diez años atrás, un 26 de Marzo de 1991, cuatro hombres, todos presidentes,
reunidos en Asunción, firmaron el tratado que dio origen al Mercado Común del
Sur. Luis A. Lacalle, representó a nuestro país en la puesta en marcha de un
ambicioso programa de integración regional vinculándonos con Argentina, Brasil
y Paraguay.
Desde ese entonces muchas cosas han ocurrido en el Mercosur, y ha llegado el
momento de realizar un balance, bajo una perspectiva ciudadana, y enfocando los
temas ambientales en el contexto de las estrategias de desarrollo. Como punto de
partida, se deben reconocer diversos aspectos positivos. El primero es que el
acuerdo permanece luego de una década; no es un tema menor ya que muchas de las
iniciativas integracionistas Latinoamericanas ofrecían ambiciosas metas que
luego no se concretaban. Tanto la vieja ALALC, como su sucesora la ALADI, así
como varios acuerdos regionales (en especial el Mercado Común de América
Central), ofrecieron resultados modestos.
También debemos recordar que en 1991 estaba en plena discusión el acuerdo
de libre comercio de América del Norte, entre Estados Unidos, México y Canadá.
En esas circunstancias no hubiera llamado la atención que los países del Cono
Sur hubieran acordado apenas un "área de libre comercio", pero
curiosamente los gobiernos tomaron otro camino, más ambicioso, de una integración
tanto comercial como política. Su propuesta recordaba al Mercado Común
Europeo, pero sin comprometerse en un sistema normativo supra-nacional que
limitara su soberanía en extensas y caras estructuras burocráticas.
A lo largo de estos años, el Mercosur logró promover el comercio
intra-regional; el porcentaje de transacciones entre los socios llegó a
alcanzar el 25% en 1998. Se ha aprobado un impresionante número de
resoluciones, declaraciones y acuerdos complementarios.
En diversas casos se logró una importante coordinación negociadora de los
socios frente a otros bloques. En muchas reuniones de negociación, el nombre
"Mercosur" cobró un importante componente simbólico, aumentando la
capacidad de negociación del bloque y su peso político. Se logró así, por
ejemplo en el Area de Libre Comercio de las Américas, un contrabalance con las
posturas de los EE UU. Precisamente sobre este "valor agregado" político",
se sumaron recientemente Chile y Bolivia como miembros asociados. En el mismo
campo se deben subrayar acuerdos como la condicionalidad democrática y la
declaración del área como una zona de paz. A su vez, tanto la vinculación
comercial como el espacio político común generó coordinaciones de grupos y cámaras
empresariales.
A su vez el Mercosur ha generado y cobijado una serie de acercamientos
paralelos, en áreas que no son estrictamente comerciales. Son un ejemplo de
ello, la red de Mercociudades que involucra a los alcaldes de importantes
ciudades, eventos culturales regionales en teatro, y redes de organizaciones
sociales.
El acceso a la información ha mejorado. Se instaló un sistema de
seguimiento abierto esencialmente a empresarios y sindicatos a nivel del Foro
Consultivo Económico Social, las organizaciones no gubernamentales pueden
asistir al inicio de las reuniones negociadoras, y se puede disponer de la versión
impresa y electrónica de documentos.
Las
sombras permanecen
Sin embargo, también es preciso advertir varios problemas del Mercosur.
Desde el punto de vista del desarrollo sostenible, el perfil exportador de los
socios se ha mantenido peligrosamente recostado en bienes primarios (en el orden
del 60% de las exportaciones uruguayas, a más del 80% en Paraguay, Chile y
Bolivia). El acuerdo no ha logrado revertir ese énfasis dado en la extracción
de recursos naturales, y por lo tanto de elevado impacto ambiental. En especial
Chile, que es mirado con cierta envidia como ejemplo de éxito económico a
seguir, basa sus exportaciones en recursos naturales con poca o ninguna
modificación, asemejándose a las economías coloniales de siglos atrás. El
Mercosur no ha logrado cambiar ese patrón exportador, ni desacelerarlo. Tampoco
ha logrado establecer mecanismos de coordinación o políticas comunes que
limiten la presión sobre el ambiente, ni mitiguen sus impactos ambientales. Por
esta razón, en las actuales circunstancias, el Mercosur es incompatible con el
desarrollo sustentable.
Por el contrario, la falta de componentes sociales y ambientales, hace que en
algunos rubros, como el agropecuario, se viva una creciente competencia por
exportar más o menos lo mismo hacia terceros destinos. El resultado de esto es
promover tanto la baja en los precios como una expansión de las áreas bajo
cultivo para aumentar los volúmenes vendidos. Paralelamente, esas condiciones
económicas hacen que los productores rurales reduzcan sus márgenes de
ganancia, y así se ha llegado a la situación actual de crisis agropecuaria en
todos los países.
El Mercosur también carga con la vergüenza de no haber logrado aprobar su
Protocolo de Medio Ambiente. Ese acuerdo establecería un marco mínimo,
compartido por todos los países, para abordar los temas ambientales. A pesar de
su innegable importancia, y tras repetidas aprobaciones en los grupos
negociadores, el protocolo terminaba siendo vetado por Argentina, en especial
respondiendo a presiones empresariales temerosas que la implantación de estándares
ambientales más altos afectara su competitividad, particularmente ante Brasil.
Un poco más de suerte tuvieron los temas de los consumidores, pero apenas a
nivel de una declaración presidencial. Nuevamente las disparidades normativas,
y en especial por una florida legislación brasileña sobre el consumo, hicieron
que los otros países no acordaran un protocolo. Esta clase de ejemplo muestra
que los intereses comerciales priman, aún a costa de mejoras en la calidad, y
toda vez que exista un conflicto de intereses, será zanjado a favor de
las empresas.
Tampoco se han logrado avances en el establecimiento de mecanismos para
fiscalizar y controlar los procedimientos de calidad ambiental y sanitaria.
Precisamente la crisis de la aftosa en Argentina ha dejado esto en claro, ya que
las sospechas de Brasil y Uruguay de la existencia de focos en el vecino país
terminaron siendo verdaderas a pesar de las negativas que durante más de un año
se daban desde Buenos Aires. Ha quedado en evidencia que son necesarios sistemas
de monitoreo de la calidad que puedan ser fiscalizados, tanto por los Estados
como por particulares, así como instancias más claras para dirimir y arbitrar
las controversias.
Muchos de estos problemas se deben a la ausencia de estrategias comunes de
desarrollo. Consecuentemente, no existen estrategias sobre el manejo de recursos
compartidos o de ecosistemas fronterizos. Por ello, Uruguay sigue sufriendo las
consecuencias de la lluvia ácida originada en Brasil, o el uso inadecuado de
los tributarios del Río Cuareim.
Existen marcadas dificultades para revertir estas dificultades, en especial
por el fuerte sesgo "ejecutivo" del Mercosur, y la debilidad de los
mecanismos plurales democráticos. Todo el mercado regional descansa en los
poderes ejecutivos, y en especial los ministerios de economía y las cancillerías;
siempre que existen problemas, terminan derivando directamente en los
presidentes. Por el contrario, el papel de los poderes legislativos es apenas
asesor, y la Comisión Parlamentaria Conjunta todavía dista mucho de
constituirse en un congreso regional. Todas estas limitaciones condicionan
seriamente el profundizamiento democrático del acuerdo.
El
futuro político
Esta primera década finaliza con un creciente debate sobre el camino que
debe seguir Uruguay ante la integración regional. El actual gobierno de Jorge
Batlle aparece más crítico del Mercosur, más distante de los vínculos con
Europa, y lanzando muestras de simpatía hacia el Area de Libre Comercio de las
Américas. El Mercosur por cierto, adolece de muchos problemas, pero encierra
una potencialidad de acuerdo político, que justamente permite mejores
capacidades de negociación a países más pequeños como Uruguay. Ese
componente político es a su vez indispensable para construir una política
ambiental, ya que sin política difícilmente tendremos una política en temas
ecológicos.
Un acuerdo de libre comercio, desde su propio punto de partida reduce a un mínimo ese componente político, y por lo tanto se desvanecen las capacidades de generar una vigorosa política en desarrollo sostenible, que atienda las demandas sociales y ambientales. Por esa razón, antes que dejar paralizar al Mercosur, la tarea es reconstruirlo, pero desde una perspectiva distinta de compromiso con la gente y sus ambientes
E. Gudynas es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina). Publicado en el diario La República (2001) [Montevideo].
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